UNA BUENA MASAJISTA I
Cuando me metí en la escuela de esteticién no imaginaba todo lo que iba a tocar hacer en las prácticas ni durante el resto de mi carrera ni tampoco pude suponer toda la colección de hombres que vendrían a visitar mi gabinete para someterse a tratamientos específicos para mujeres.
Tan solo llevaba dos meses cuando chicos de todas las edades y físicos se me presentaron para limpiezas de cutis y demás depilaciones. Tuve que llamar a la que había sido mi tutora para preguntar si se podían usar todos los productos y técnicas aprendidos a lo que me respondió que no. Tan solo en las depilaciones el tirón era prácticamente el mismo aunque necesitaba alguna noción para el tirón del abdomen.
Ante mi pequeña inseguridad y con las indicaciones de Patricia, la entendida, les di cita para la semana siguiente con el fin de ganar tiempo. Pase el fin de semana en casa de esa mujer, la cual me atendió muy bien personalmente, inculcándome unas pautas para no hacerles mucho daño a mis futuros clientes. También me facilitó una buena colección de productos para darles masajes, aplicarles cremas para el cutis (según la textura) o para hacerles un arreglo en las durezas.
El martes a primera hora llegó mi primera "víctima" masculina y se quejó bastante al retirarle la cera del abdomen a lo que respondí con un suave masaje presionando levemente la zona afectada. Respiró aliviado cuando sus poros se vieron calmados por mis manos templadas y entonces supe que los sabios consejos de Patricia habían surgido efecto. Al poco rato terminé mi pesada tarea y el señor se marcho aliviado.
Por la tarde acudió un chico de gimnasio, seguro, pidiendo una limpieza de cutis y no quise dejarlo escapar con lo que lo colé ante la señora que iba a llegar en veinte minutos. Preparé todo mi equipamiento en menos de cinco y pedí al chico que se pusiera cómodo, invitándole a prescindir de su camiseta. Alberto, que así se llamaba, desconocía que iba a ser mi conejillo de indias puesto que era la primera vez que trataba a un cliente masculino las impurezas de la piel.
Le coloqué una toalla a la altura del vientre para que ninguna crema le pudiera dejar mancha. Mientras le dejé el vaporizador para que se fueran abriendo los poros, llamé a Paquita para que viniera una hora después de lo previsto a lo que ella accedió encantada. Los primeros minutos fueron un poco incómodos al quitarle los puntos negros pero al pasar el exfoliante y las diversas cremas, se olvidó de la tensión. Procedí a masajear sus hombros, su pecho sin un solo pelo, su abdomen trabajado, su torso suave... y empecé a ponerme calentita, excitada. Atiné a decir:
- ¿Quieres que te siga masajeando? No te voy a cobrar por ello, hace tiempo que no toco una piel tan cuidada.
- Claro que sí puedes Martha, me encanta como me lo estás haciendo. Tus manos delicadas me están haciendo desestresarme, eres muy dulce y a la vez perfeccionista en tu trabajo -respondió alegremente- Practica todo el rato que puedas.
Continué jugueteando con mis dedos por su nuca, sus hombros, su pecho, su tripa que me encantó palpar y pude presenciar como su entrepierna empezaba a adquirir dimensiones considerables con lo que empecé a alternar masajes más profundos con otros rápidos para acentuar su situación, estaba fascinada al ver como su "comportamiento" seguía adelante. El pobre chaval no lo podía disimular y yo estaba orgullosa de que le ocurriera, si bien un poco preocupada por si podría sucederles a todos mis clientes. Entonces empecé a hacerme ilusiones de si le podría gustar y apetecerle un rato de intimidad conmigo... Mi entrepierna empezaba a notarse caldeada y ansiosa de un buen macho. Opté por poner el cartel en la puerta de "vuelvo en 10 minutos" y para cuando volví de ponerlo, Alberto se estaba descalzando.
- ¿Estás incómodo, te molesta algo?
- ¿Tu que crees? Me tienes aquí medio desnudo, estimulándome como una zorra provocadora ¿y quieres que esté relajado? - vocalizó en un tono chistoso.
Me cogió del brazo para llevarme ante el y de pie los dos, me apretó contra él, besándome en la boca pero me apartó pronto porque no veía correcto que se pudiera enamorar de una "buscona".
- Me da más gusto pensar que estarás trabajando aquí esperándome que vaya a visitarte para pegarte un buen repaso, mejor que no sea una relación... no me siento dispuesto a perder la cabeza por otra tía otra vez -alegó, lo que me hizo comprender su postura.
Podía sentir la dureza de su polla a través del pantalón y sus manos recorrerme los pechos y las nalgas mientras su cuerpo se apretaba contra el mío. Mi vagina comenzó a segregar abundantes jugos y empecé a sentir unas deseos locos de que me penetrase allí mismo sin esperar más. Mientras seguía tocándome las nalgas y el pecho, le empecé a desabrochar la bragueta y cuando le hube sacado su polla de la prisión que la retenía comencé a arrancarle los pantalones mientras me agachaba y me metía su tiesa polla en la boca, subiendo y bajando por todo su recorrido y apretando entre el paladar y la lengua su capullo sonrosado con ganas de más.
Lo llevé fuera del cuarto, dirigiéndome a la salita de espera para que estuviéramos más cómodos. Me empujó al sofá más grande y tumbada le contemplé cuando venía hacia mi, desnudo, con su polla tiesa y dura delante de él, mojándome todavía más al ver esa verga y saber que en pocos segundo iba a estar dentro de mi, penetrándome, dándome placer, follándome y follándomela. Me pilló de sorpresa quitándome la falda y apartando las bragas a un lado para acercarse a besarme tímidamente el coño, atisbando como le daba un afectuoso saludo con la lengua de arriba a abajo durante medio minuto, solamente.
- Así te preparo el coño para que me reciba de buena gana, te gusta, ¿eh? Por esa cara que pones sé que deseas más pero no te lo puedo ofrecer, te mereces otras cosas, observa- predicó.
Se tumbó sobre mí y su polla me penetró sin ningún problema ni espera, pues mi vagina estaba empapada de jugos y abierta, esperándole y su falo seguía empapado de mi saliva. Le sentía atravesándome, ensartándose hasta el fondo de mi coño y saliendo casi hasta la entrada, para volver a hundirse en mis entrañas, en un vaivén maravilloso que me proporcionaba un placer indescriptible.
Solo en ese momento me metió la lengua hasta mi paladar, haciendo de ese geste una fuerte importante para estallar en un orgasmo que me recorrió de pies a cabeza contrayendo mi vagina involuntariamente para retener la polla que me daba tanto placer, por lo que salio de mi coño para derramar su leche calentita sobre los labios y mi clítoris aún balbuceante de placer. No pudo disimular su cara de gusto desencajada por la oleada de gozo.
Nos vestimos un poco avergonzados mirando al suelo y me quite las bragas totalmente empapadas de sus flujos y de los míos para ir sin nada. Le cobré por los servicios prestados y añadí:
- Espero hacerte otro día un tratamiento a puerta cerrada, sin prisas. Creo que puede salir más tranquilo y excitante. ¿Querrás volver? No te cobraré nada, aquí tienes mi tarjeta muchacho. Ven a follarme cuando quieras.
- Volveré cuando lo estime oportuno pero quizás te ate para que me dejes llevar un poco las riendas. Ya lo veremos, lo pensaré si te lo mereces o no - respondió guiñándome un ojo.
Poco antes de terminar la frase, tenía a doña paquita aporreando la puerta como una loca y con cara de picardía... me temía sus preguntas malsanas típicas de una mujer sin mucho que hacer. Finalmente Alberto se escapó ligero de paso por si le caía algun comentario, medio recochineándose de mi penitencia por ser tan... descarada o cómo lo queráis llamar.
Por fortuna volvió a las dos semanas y no solo precisamente, aunque eso es otra historia.
FECHA:
01/04/2007
LEIDO: 3025 VECES