TRABAJO PARA UNIVERSITARIA
Contando con apenas 20 años y con la carrera recién empezada, no me quedó otro remedio que contribuir con la economía familiar puesto que éramos tres chicas haciendo carrera. Se me ocurrió entrar de camarera como extra los días de fiesta. No me sacaba de muchos apuros y empecé a mirar ofertas en los periódicos.
A los dos meses de estar en el pub, llamé a un anuncio en el que precisaban chica interna para cuidar de la casa y de dos niños. Expuse que tenía clases por la tarde y les pareció perfecto que estuviera una temporada así. Silvia trabajaba por las mañanas y Eduardo tenía guardia por las noches con lo que los horarios se podrían compaginar muy bien.
Probe dos semanas y todos estabamos contentos con lo que nos tocaba. El sueldo me compensaba si bien se redujo ligeramente por lo de mis clases.
Cumpliendo con lo acordado me trassladé a vivir a su precioso chalet que, por fortuna, no andaba muy alejado de la facultad. Me costó acostumbrarme, como a todo el mundo, supongo. He de reconocer que por las mañanas, según se daba la velada anterior, llegaba a estar un poco cansada. Una pequeña siesta reparadora que los jefes me dejaban echar me daba fuerzas para enfrentarme al día a día.
Un sábado en el que ellos habían salido a cenar con lo que me preocupé de hacer lo rutinario y acostar a los pequeños. Tardé poco en dormirme aunque como tres horas después Eduardo me despertó sin querer aunque reaccioné sobresaltada. Iba un poco bebido y tropezó en el pasillo.
Me asomé vestida con mi pijamita corto y lo vi a el en pose graciosa, sonriente, despeinado. Verlo así me desveló a carcajadas y él me hizo el gesto de que me acercara a la cocina. Me ofrecio varias bebidas y opté por algo ligero. El señor bebía ron añejo.
La conversación empezó sobre las zonas en donde ellos se movían, qué bailaban y me preguntó por mis gustos. Se le escapó la cuestión indiscreta acerca de mis gustos en cuanto a amistades y rollos de una noche asi como en profundizar sobre lo que me gustaba de un chico. Empecé a relatarle sobre mi ya olvidado "amor" de verano y mis hormonas empezaron a dispararse.
Fui hasta la habitación de matrimonio por un ruido intuitivo que podía provenir de los críos y observe a la jefa leyendo y cabeceando por el sueño en la cama. El sonido cesó y volví hacia donde me encontraba en una agradable conversación sobre lo que parecía no importar a nadie.
Cual es mi sorpresa cuando lo veo colocándose los testículos que apuntaban gordos a través de su pijama de raso. Ni corta ni perezosa le dije mientras sacaba la lengua:
- Qué, ¿no me lo vas a enseñar?
Supo responder como un caballero y se acercó a mí para que lo viera en un perfecto y tentativo primer plano ¡Vaya argumentos tenía el médico! Esa imagen me recordó ganas que tenía de un cuerpo varonil como el suyo.
Me puse de rodillas y acerqué mis labios hacia su cuerpo, encerrando su verga en mi boca deseosa. Habría dado todo por ver la expresión en su cara en ese momento pero quería hacerle perder el sentido. Cerré mis ojos para degustar su sabor y sentirla en mi boca, lentamente, acercando mi lengua en la base de su glande. Creía que había perdido esa facultad de hacer vibrar a un hombre con mi boca. Me enganchó furte del pelo haciendo que me la zampara hasta el fondo y simultáneamente movia su cadera hacia mi rostro convirtiéndose en una forma de embestirme. Eso hizo ponerme muy caliente y húmeda, olvidando mis prejuicios.
Soñé que me estaba introduciendo su miembro en mi coño y ese pensamiento me hizo succionar su potente polla que seguía deslizandose en un excitante vaivén. Se nos escapó un sonido por el choque del aire con la saliva. Edu respiraba fuerte e hizo lo posible para alejarse de mí para, a continuación, llevarme a su habitación de matrimonio casi a rastras.
Silvia estaba en un sofá con las piernas abiertas, una en cada brazo, acariciándose por encima de su braga de raso. Tenía una manchita de humedad que no podía disimular y en algú rato se metía la mano por dentro, frotándose el clítoris con frenesí. Me quedé pasmada viendo como disfrutaba mientras la miraban, lo cual hizo que un cosquilleo me invadiera mi columna, símbolo inequívoco de incertidumbre morbosa.
Me sentía que usurpaba el sitio que ella me ofreció en su cama y me coloqué de rodillas para admirar todo su esplendor mientras Edu comenzó a jugar con mi coño, saboreando sus jugos y a veces abriéndolo con sus manos. Llevó su lengua a través de mis labios vaginales, arriba y abajo y me introdujo la lengua bien profundo. Mi trasero estaba en lo alto y gemí poseída por la lujuria.
Sin detener el ritmo, me colocó boca arriba y sentí que él cogía su polla y la paseaba por mi coño y mi culo. Sin esperar que el volviera a ponerme la punta en mi coño, presioné hacia arriba hasta que llegué a él, tan fuerte que su grosor se incrustó hasta el fondo. Comenzó a meterse en mí acompasada y lentamente, sin dejar que me moviera. Alternaba esos movimientos con unos golpecitos en mi clítoris que abría con tres dedos de la otra mano, lo cual me hacía estremecer casi hasta el éxtasis.
Me hizo dirigirme hasta su mujer que se encontraba donde al principio, con un dedo metido en su raja, relamiéndose los labios coquetamente. Colocada a cuatro patas echó mi cuerpo hacia delante hasta encontrarme con la ingle de su esposa. Se la besé con ansia hasta notar de nuevo el falo de mi jefe entrando en mi guarida nuevamente. Atinaba a sacarla casi del todo para endiñarla hasta el fondo, con lo que apunto estuvo de hacerme llegar a la cumbre. Me hacía jadear como una perra y medio ida gritaba:
- No pares mi amo, dale fuerte, ¡follame sin compasión!
- Me has dado una idea, tigresita. Como mando sobre tí le vamos a hacer una buena comida de coño a mi mujer. Se que lo estás deseando realmente, con lo que no te costará ponerle entusiasmo.
Para dar muestras de mi comportamiento ejemplar, subí hasta sus pezones y me entretuve alternativamente llegando a mordisquear uno y, simultáneamente, empezando a recorrer su coñito con la mano. Pronto me vi acercándome a su vulva, bastante mojada por todo lo acontecido. Ella me ayudo con una mano con el fin de que enterrara mi boca en aquella zona tan limpia y casi libre de vello, escasamente le salía alguno por el monte de venus. Su olor podría ser comparable a algo dulce y de poca intensidad.
Edu me pidió paso y observé como movía su lengua deprisa por aquella maravilla de coño y me daba envidia de que no fuera el mio el que saboreaba. Daba ligeros toques para luego apretarse contra su botoncito mágico, haciendo círculos con la lengua. Me volvieron a ofrecer el hueco. Tenía a Edu muy cerca de mí susurrándome lo bien que se lo pasaba ella con mi cunnilingus y recomendandome eso o aquello. Los gemidos y los gritos de placer de mi jefa eran entusiastas, diciéndome lo bien que se lo hacía cada vez que deboraba su clítoris.
El supo recompensar mi esfuerzo retomando las profundas clavadas de hacía unos minutos. Mi placer se incrementó a grandes marchas porque notaba que daba placer a más de una persona. El notar un conejito tan dulce como aquel estaba abierto para degustar los fluídos que de él manaban y como una verga incrementaba la velocidad en mis entrañas, me hacía sentirme poderosa y guarra.
Ella alcanzaba el orgasmo la primera, aferrando y follandome mi nariz y boca. Me tiró de los pelos como si fuera una muñeca y daba brincos de alegría. Al notar sus espasmos, me vine muy ricamente, chillando como una posesa y Edu, intentando penetrarme a toda velocidad por mi ceñido coño, sacó su polla para correrse en la boca de Silvia. En pleno corrida, le pregunto:
-¿A qué sabe guapa? - ella dijo algo así como "a miel rica"- ohhhhh, asi de putas tenéis que ser.
Cuando se hubo tranquilizado un poco añadió:
- Le debes una buena comida a nuestra niñera, ¿de acuerdo?
Asintió tímidamente, como si no quedara nada de la fiera de hace unos minutos.
- Lo pensaré. De momento puedes jugar con ella siempre que queráis, no me voy a poner celosa. Algún día hasta dormiremos todos juntos o como sea. Será excitante.
Me dormí plácidamente en mi cuarto y al levantarme temprano, me dirijí hacia la habitación de ellos, la cual tenía la puerta entreabierta.
Observé al matrimonio rememorando algún momento de aquella experiencia. Me quedé mirando como ella le cabalgaba de tres maneras distintas. El llanto de la pequeña Raquel rompió el encanto y volví a la rutina.
A la semana siguiente, dejé de ejercer de niñera por las noches mientras los niños se quedaban con los abuelos. Por la mañana los cuidaba, por las tardes a estudiar y a hacer alguna escapada al sexshop para comprarme algo con el dinero de las "horas extra". Bastantes noches, dependiendo de la guardia del médico, jugaba de las formas posibles.
Doy gracias desde aquí a lo bien que se portaron conmigo y al interminable placer que me dieron. Espero reencontrarme con ellos aunque me da corte ir a su casa. ¿Qué me recomendais?
FECHA:
21/02/2007
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